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jueves, 7 de abril de 2011

La mujer en el medievo

La mujer en el Medievo? La frase misma evoca inmediatamente en la mente de cada cual una serie de imágenes más o menos variadas pero que, en su conjunto, se resumen en lo siguiente: el Medievo es la gran época oscura y medio bárbara (en oposición a la época que seguirá y será llamada «Renacimiento») de opresión de los «menudos» por un puñado de feudales, de los hombres por la Iglesia y de las mujeres por todos. En seguida se mencionan, conjuntamente, el cinturón de castidad, el «derecho de pernada», la persecución de las brujas y el famoso «concilio» del año 585, en el cual se llegó incluso a discutir -entre hombres- si la mujer poseía o no alma.

De hecho, la situación así examinada no parece muy favorable a la mujer; y las «circunstancias» que rodean la vida en la Edad Media del ser humano en general: inseguridad, guerras, epidemias, hambres, peso del poder feudal, tradición jurídica heredada a la vez de los romanos y del derecho germánico, y finalmente poder ideológico de la Iglesia, no pueden sino resultar todavía más perjudiciales a la parte femenina de la población. Y así es, desde luego, en la Alta Edad Media: el marido puede matar a su esposa adúltera después de perseguirla a latigazos, desnuda, a través del pueblo. La multa impuesta al asesino de una mujer es la mitad del precio de la muerte de un chico hasta los 14 años (época de la fertilidad femenina), superior al del varón entre los 14 y 20 y, a partir de los 20 años, seis veces inferior. La mujer sierva o esclava no puede casarse fuera del dominio de su señor y, si lo hace, sus hijos serán repartidos entre su señor y el de su marido. La mujer no elige, por supuesto, marido, pero acepta el que ha escogido su padre o su «linaje» por brutal, viejo o, al contrario, joven y amante que sea. De todas formas, corre siempre el riesgo de ser violada por algún bandido o por un señor rebelde y enemigo, de ser raptada, o de ser repudiada y condenada al convento si no a la muerte, según el buen parecer y deseo del hombre en general y del suyo en particular.

Eternamente menor de edad, la mujer pasa del «poder» de su padre al de su marido y no puede actuar nunca sin el permiso o la «licencia» de este varón. y no Hablemos finalmente de las condiciones de vida y existencia de la mujer de un labrador, de un miserable artesano en las ciudades, o de las viudas que componen la gran mayoria de la población pobre socorrida en las ciudades del final de la Edad Media. Tal es, más o menos, el retrato somero del destino de la mujer en el Medievo. El hecho de que, al mismo tiempo, estos largos siglos de «oscurantismo» -unos diez siglos- hayan presenciado la aparición del culto de la Virgen María (siglo XII); que hayan fomentado la poesía de los trovadores, las «cortes de amor» y el amor cortés; y que hayan sido jalonados por figuras femeninas, reales o ficticias, como las de Eloísa, de Isolda, de Maria de Molina o de Juana de Arco, no consigue sobreponerse a la «leyenda negra» que no ve más, en la época medieval, que cadenas; cinturones de castidad, tornos o potros, «derecho de pernada» y en general, una denegación total de la mujer hasta como ser humano.

Se deduce así, lógicamente, que desde la Edad Medía hasta nuestros días, el transcurrir de los años, decenios y siglos ha significado una evolución positiva, continua, ascendente de la mujer, tanto en lo que toca a la visión que de elja tiene la sociedad como la que ella lleva sobre sí misma. A lo largo de esta evolución, que se inicia en la «nada», en lo que sería el punto cero -la Edad Media-;- para llegar a nuestros días, algunas épocas como el Renacimiento y el Siglo de Las Luces jugarían un papel fundamental en la «!iberación» de la mujer, hasta desembocar en la aparición del «feminismo» con las sufragistas de fines de siglo pasado, inicio a su vez de los movimientos actuales.

Sin embargo, si dejamos de lado estos conceptos «prefabricados» -heredados a menudo del siglo XIX romántico, y generalmente asimilados sin crítica previapara asomarnos un momento a la realidad medieval que se transluce de un estudio riguroso y científico, el panorama cambia.



Derecho de pernada

Sin ir más lejos, empecemos con este famoso «ius primae noctis» o derecho de la primera noche, vulgarmente llamado derecho de pernada. Este derecho existió efectivamente, escrito u oral, en el corpus jurídico medieval. En la práctica, no se atestigua más que en la época en que" se ha convertido a menudo en el pago de una cierta cantidad monetaria al señor por el campesino que se casa; en los casos en que este derecho señorial no fue transformado en un censo más, la «ceremonia» consistía en que el señor -literalmente- franqueaba de una zancada el cuerpo de la novia y recibía a cambio un par de gallinas o un bote de miel.

Si examinamos además esta costumbre «bárbara» y «arcaica» a la luz de los estudios etnológicos actuales, nos damos cuenta de que, en muchas sociedades llamadas primitivas, existe una especie de «tabú» de la sangre virginal en el momento de la desfloración; siendo ésta una operación que libera fuerzas malignas, al liberar sangre, se la confía a menudo a manos investidas de más poder -mágico, religioso u otro-, como las del padre o de la madre de la chica, del sacerdote-brujo, de un extranjero o del jefe de la tribu.

Enfocado así, nuestro famoso «derecho de pernada» no es más que la supervivencia, en una sociedad todavía no cristianizada en profundidad, de unos ritos ancestrales de tabú de la sangre virginal; y deja por lo tanto de ser una manifestación más de la opresión sádica y arbitraria que ejercería el señor sobre su inferior .

No olvidemos, por otra parte, que el señor suele vivir dentro de un grupo que incluye su familia en el sentido amplio, sus criados de ambos sexos y tos niños nacidos en el castillo, legítimos o bastardos (como lo demuestran las últimas investigaciones del historiador francés Georges Duby), y que las novias de sus siervos o campesinos no deben aparecernos como siempre guapas y jóvenes; en una sociedad rural que padece hambre y epidemias, se las puede más fácilmente imaginar como prematuramente marcadas, sucias, cubiertas de piojos y pulgas y, por lo tanto, seguramente poco apetecibles. Al señor, en general, le debía ser mucho más provechoso convertir esa «obligación» de su parte en una renta más, a pagar por el novio en el momento de la boda.

Otra «leyenda negra» achacada a la Edad Media: la persecución de las brujas por la Inquisición que, después de torturarlas, las enviaba inevitablemente a la hoguera al mismo tiempo que los gatos o gallos negros. La realidad, no obstante, resulta ser algo diferente. Desde el siglo VI, en numerosos concilios, se condena a los que creen en la brujería, en los demonios familiares de las prácticas mágicas y en las supersticiones en general; condenación moral cuya repetición revela a la vez su ineficacia y, a fin de cuentas, la escasa importancia que le daba la Iglesia a ese «pecado». A lo largo de los siglos X a XIII, los «penitenciales» -o manuales para los confesores- sólo dictaban rezos y penas monetarias para esos casos. Se puede considerar pues que ésta fue la actitud -moderada- y la opinión extendida durante la mayor parte de la época medieval en lo que concierne a la brujería. Pero ¿y las persecuciones? ¿ y las hogueras? A este respecto, tenemos que constatar que las mayores persecuciones «anti-brujas» son contemporáneas, no del Cid Campeador, de Raimundo Lulio o de Pedro el Cruel, sino de Miguel Angel, de Erasmo y de Cervantes.

La época más negra, que iluminan las hogueras de brujas, es el siglo «renacentista», cuya ideología se basa en un «manual del perfecto inquisidor de brujas», el Malleus Maleficarum, escrito en 1486 por los Dominicos alemanes: de esa fecha en adelante, el «herético», paradójicamente, es el que no cree en la existencia de los demonios, de los maleficios, de la brujería, de los brujos y brujas, de las metamorfosis y del aquelarre. Los grandes siglos de la brujería vasca, estudiada por Julio Caro Baroja, son el XVI y el XVII. La opinión general del medievo que ve en el brujo un resto de paganismo, y en la que se dice poseída por el demonio una enferma que hay que llevar al santo para que la cure, se tiñe entonces de un extraño matiz «moderno».

Admitido esto, queda una objeción fundamental: la Edad Media, fundamentando su argumentación en las actas del «Concilio» de Mâcon, llegó hasta plantearse el problema de si la mujer tenía o no tenía alma. Curiosamente, esta mención del tema de los debates del dicho concilio no apareció sino en un escrito anónimo holandés publicado en el siglo XVI; tema éste cuyo éxito no se desmintió hasta nuestros días. ¿Misógino hasta este punto, el Medievo? Averigüémoslo. En primer lugar, en el año del Señor de 585 no se reunió ningún «concilio» -que se comprende como reunión de la Iglesia en su mayoría-; tuvo lugar, eso sí, un Mâcon, un sínodo provincial, o sea, la reunión de los clérigos de una diócesis o de una provincia para discutir problemas eclesiásticos, y no teológicos.

El estudio de las actas de este famoso sínodo no revela en ningún momento que se haya planteado y discutido el tema de la existencia del alma de la mujer. Tenemos que recurrir al primer historiador-cronista de la época franca, a Gregorio de Tours; para encontrar lo que puede haber originado mucho más tarde la interpretación que conocemos. Gregorio de Tours nos dice, en efecto, que en medio de los debates que se llevaban en latín, uno de los presentes -sin duda con problemas para con los idiomas en general y el latín en particular- se extrañó de que el término «homo» (hombre) se aplicara también a la mujer. Un latinista nunca hubiera cometido este error lingüístico de confundir el término «homo» que se aplica al hombre en general, o sea, al ser humano, con el vocablo «vir» que designa específicamente al varón. El problema era pues lingüístico y no filosófico. Pero -y seguramente muy a pesar de su autor- la frase iba a hacer fortuna. Una fortuna que, seamos justos, empieza en él siglo XVI con este escrito misóginó holandés -muy de acuerdo por otra parte con el pensamiento renacentista sobre la mujer-, crece durante el siglo XVIII y, cuando la Revolución francesa, vuelve a repetirse en una petición de las mujeres en 1848 y no ha menguado hasta nuestros días. ¿El Concilio de Mâcon? Una invencíón moderna.



«Deficiencia de la naturaleza»

El estudio de la «condición femenina» en la Edad Media nos deja percibir una realidad que, lejos de ser simple en su negatividad, se revela como mucho más compleja. En el proceso de acercamiento a esa realidad de la mujer medieval, señalaremos en primer lugar el marco jurídico e deológico en el cual se desenvuelve su vida, antes de detenernos un momento en la realidad «social» y en la realidad «personal» de esta vida.

El Derecho medieval, heredero del Derecho romano y del Derecho germánico, y cuyo ejemplo más elaborado es el derecho feudal, a pesar de sus variedades y divergencias, suele considerar a la mujer como a un ser menor de edad, «incapaz» en general. En los países de derecho oral basado sobre las costumbres, quizás más emparentado con la legislación germánica, no se reconoce la tutela paterna sobre la mujer mayor de edad, pero sí la potestad marital. En los países de derecho escrito -que corresponden a la Europa meridional: Italia, Península Ibérica, Sur de Francia-, a la «potestas» del padre sigue la del marido. La mujer, en la mayoría de los casos, no puede disponer de su fortuna, administrar sus bienes, o presentarse ante un tribunal; para cualquiera de estas gestiones, la presencia de un hombre -padre, marido, hermano o tutor- es imprescindible. Esta incapacidad jurídica total de la mujer puede parecernos muy arcaica; no olvidemos, sin embargo, que hace poco más de siglo y medio, el llamado Código Napoleónico la consagraba y le daba una nueva vida, que perdura 10davía en sus líneas maestras.

Junto al Derecho, la ideología dominante -para utilizar términos actuales- se mostraba más que hostil a la mujer. La Iglesia Romana, basándose en numerosas referencias bíblicas, asimilando la doctrina culpabilizadora de San Agustín y dirigiendo finalmente el aristotelismo en el siglo XIII, promociona a nivel social lo que se puede considerar como una gran campaña «antifeminista», A pesar de las opiniones de Abelardo y de Robert d' Arbrissel, a finales del siglo XI, que proclamaban la igualdad del hombre y de la mujer, la imagen que se impone es la de la mujer como tentadora, como ser débil, pecadora, creada del hombre y para él.

Con Tomás de Aquino (1225-1274). santo y doctor de la Iglesia, esta «hija de Eva» se convierte en «una deficiencia de la naturaleza» que es «por naturaleza propia, de menor valor y dignidad que el hombre»; tras una rigurosa y aplastante demostración, el teólogo afirma que «el hombre ha sido ordenado para la obra más noble, la de la inteligencia; mientras que la mujer fue ordenada con vista a la generación». Finalmente, el maestro que dedicara tantas horas y tantos libros a la cuestión fundamental del sexo de los ángeles, termina diciendo que es evidente que para cualquier obra que no sea la de la reproducción, «el hombre podía haber sido ayudado mucho más adecuadamente por otro hombre que por una mujer». No es de extrañar, pues, que el derecho canónico, elaborado en su mayor parte en este ambiente en los siglos XII y XIII. nos aparezca como tan misógino.



Acceso a la cultura


Pero entre las «superestructuras» jurídicas e ideológicas y la realidad «bajamente material», no se da siempre la simbiosis y la adecuaciónperfecta. ¿Cuál es, pues, la realidad social y personal de la mujer del medievo? A nivel «social», conviene destacar la presencia o la ausencia femenina en el acceso a la enseñanza, al trabajo y al poder.

En sentido contrario a lo que suele creerse, en !a Edad Media existe, a nivel del saber y de la enseñanza, una relativa pero cierta igualdad. Empezando por las capas «bajas» de la sociedad, en su mayoría campesinas, se advierte una ausencia generalizada de instrucción, tanto para los hombres como para las mujeres; éstas participan así de las conversaciones y de la vida social en posición de igualdad con sus maridos o hermanos. En un tipo de sociedad en el cual reina el analfabetismo, la transmisión oral de la cultura se realiza tanto a través de la madre o del padre a los hijos, como entre vecinos o vecinas, etc. En su obra titulada Montaillou, village occitan. 1294-1324. al referirse a este pueblo de los Pirineos orientales, Emmanuel Le Roy Ladurie escribe: «El discurso femenino por lo tanto está, en este período, tan cargado de sentido y de seriedad como el discurso masculino» (p. 383); de hecho, las campesinas de este temprano siglo XIV hablan como -o con- sus hombres de resurrección final, de catarismo o de catolicismo, tanto como de habladurías sobre el cura, un vecino o unas vecinas.

A un nivel social un poco más alto se encuentra ya una mayor diferenciación, ya que los que más estudios prosiguen son los clérigos; y la clericatura se mantuvo celosamente reservada a los varones, a pesar de la rebeldía femenina contra ese «monopolio» expresada por la abadesa de Las Huelgas de Burgos y por la de Palencia en el siglo XIII. Esa contestación costó a las abadesas la confiscación de sus rentas y la excomunión. Sin embargo, desde el siglo VI, se exigía que las monjas supieran leer y escribir. Y se puede así observar que desde los primeros siglos de la Alta Edad Media y hasta más o menos el siglo XIII, los conventos dieron una educación y una cultura no sólo a las que iban a ser monjas sino también a aquéllas destinadas «al siglo».

Enrique Finke, en su obra clásica La mujer en la Edad Media. no duda en escribir: «Basta con recorrer los manuscritos de diferentes bibliotecas, escritos y redactados por canonisas de diferentes fundaciones del siglo XI. Estas mujeres conocían a Ovidio, Horacio y Virgilio... Con facilidad componían versos latinos para un amigo docto» (p 53). El caso de Eloísa, que conocía el latín, el griego. el hebreo y conoció a Abelardo cuando fue a seguir su clase de teología, es el ejemplo más conocido de esa cultura femenina medieval. Una prueba del interés intelectual de la mujer en esa época se encuentra en el párrafo que se añadió al Sachsenspiegel -recopilación de costumbres germánicas- en 1270: «Siendo cierto que los libros no son leídos más que por las mujeres, deben por lo tanto corresponderles en herencia». Con esta frase, nos encontramos ya muy lejos de la visión tradicional de la mujer medieval analfabeta, sin cultura, relegada a las tareas más humildes.

Resulta interesante, además, en este panorama, notar el gran interés y la gran participación de las mujeres en todos los movimientos heterodosos o «heréticos» que surgen a lo largo de los siglos XI a XV. Participación en plan de total igualdad con el hombre en los movimientos Cátaro, Valdense o Husita, quizás porque representaban una promoción de la mujer a nivel religioso e ideológico, promoción que le negaba el catolicismo...

A partir del siglo XIII, con el desarrollo de la vida urbana, se crean escuelas comunales. En 1320 existía en Bruselas una escuela para niños y otra para niñas; en esta última enseñaban unas maestras pagadas por la ciudad. Si París, en 1272, disponía de once escuelas para niños y sólo una de niñas, en 1380 se contaban veinte más para las niñas. La enseñanza era gratuita e incluía lectura, cálculo, canto, escritura y enseñanza religiosa. Existían también, en esta época, escuelas «privadas» para niñas, principalmente en Flandes y Alemania.

Durante ese mismo siglo XIII, las primeras universidades se convierten en los crisoles de la cultura europea. La mayoría de ellas eran fundaciones eclesiásticas y estuvieron prohibidas a las mujeres. Sin embargo, el ambiente intelectual y el afán de saber existían entre la población femenina, hasta el punto de que en Polonia, en el siglo XIV, una joven se disfrazó de hombre para ir a seguir los cursos de la universidad de Cracovia; al cabo de dos años, se descubrió el fraude y fue expulsada. Sin embargo, en Salerno, Italia, funcionó a partir del siglo X una escuela libre de medicina que otorgaba sus diplomas a mujeres, concediéndoles licencia para practicar la medicina y la cirugía. En Bolonia y en Montpellier también hubo gran número de estudiantes femeninas en medicina, algunas de ellas dejaron escritos tratados de ginecología. A partir de final del siglo XIII, se señala la presencia de mujeres practicando la medicina, la cirugía y la oftalmología en las grandes ciudades europeas, París, Londres, etc. La mujer, sin embargo, se vio poco a poco sustituida por el varón en la práctíca del arte de la medicina y cirugía, para desaparecer finalmente de esta profesión en el siglo XVI. De ésta y de todas las demás...

Sin exagerar el alcance de la instrucción y de la cultura a nivel de conjunto de la población femenina medieval, no debemos olvidar que la sociedad medieval es una sociedad económica y socialmente subdesarrollada», que no dispone de los «mass media» actuales, ni siquiera de la imprenta (inventada al final del siglo XV), que supondrá, según palabras de Carlo Cipolla en Educación y Desarrollo en Occidente: «no sólo la demanda de instrucción como inversión sino también, y sobre todo, la demanda de instrucción como bien de consumo». No podemos olvidar, por ejemplo, que a finales del siglo XIII, había en Florencia unos 8 a 10.000 niños y niñas aprendiendo a leer, de una población total aproximativa de 90.000 habitantes. Con la aparición del libro impreso, la cultura se extendió mucho más rápidamente y propagó a través de toda Europa las ideas y los ideales renacentistas..., pero-ya no alcanzó más que a los varones. El mundo intelectual y artístico se abre a nuevas influencias y a nuevos horizontes, pero excluye definitivamente a la mujer y se reduce a la parte masculina de la humanidad. El «renacimiento» es la muerte intelectual y artística de la mujer.



Acceso al trabajo

Pero la presencia de la mujer en la sociedad y su papel en ella se manifiestan al mismo tiempo por el grado de acceso al trabajo -al trabajo «productivo», por oposición al trabajo doméstico o trabajo «improductivo», así denominado por los que no lo realizan.

En la economía rural la mujer nunca estuvo ausente, compartió con los varones las diversas tareas de la siembra, las mieses o la cosecha, el cuidado de los animales y el mantenimiento de la casa. La situación no ha variado desde hace siglos, si no milenios. Puede ocurrir que ciertas tareas, como la de buscar el agua, cuidar del fuego, cocinar, o incluso llevar el trigo al molino, sean reservadas más específicamente a la mujer, mientras que el hombre ara, se ocupa del ganado y lleva los paños al batán, División del trabajo pues, pero trabajo al fin y al cabo, y duro.

A partir del siglo XI y del principio del desarrollo urbano, con la aparición de una burguesia cuya base económica no es la tierra sino la artesanía y el comercio, se desarrollan nuevas formas de trabajo. La incorporación de la mujer al trabajo -dividido en «oficios» o «artes»- se realizó a menudo a través de la asociación familiar: la mujer ayuda a su marido en el oficio de éste, y luego le sustituye o le sucede. En el seno de esta misma asociación familiar, el padre enseña su arte a hijos e hijas. Tenemos un ejemplo brillante: las dos estatuas que representan la Iglesia y la Sinagoga en la catedral de Estrasburgo son obra de Sabina, hija y sucesora de su padre, el gran escultor von Steinbach.

De hecho, en el siglo XIII, la incorporación femenina al trabajo en las ciudades es una realidad. Los oficios que desempeñan las mujeres y en los cuales tienen un casi monopolio son, principalmente, los textiles y la confección -hilanderas, tejedoras, tintoreras, costureras o sastras y hasta lavanderas-, los relacionados con la alimentación -oficios de panaderas, «verduleras», o fabricantes de cerveza (que en Inglaterra era monopolio femenino)- y los de «taberneras» y «mesoneras». Se les encuentra también en los trabajos del cuero y del metal e, incluso, se advierte la presencia femenina en la construcción -en el transporte de material y fabricación del mortero- y en las minas inglesas a partir del siglo XIV.

En los «oficios» reservados a las mujeres se encuentra la tradicional jerarquización medieval que va del aprendiz al maestro, pasando por el obrero o compañero. Se trata, pues, de una ascensión de aprendiz a la maestra, con el período intermedio, o a veces definitivo, de obreracompañera. Hay en esto igualdad total entre el hombre y la mujer trabajadores. Incluso se estipulaba en Alemania que el viudo podía suceder a su mujer «maestra» al frente del negocio, como la mujer a su marido «maestro».

No obstante, en términos generales -y eso no es para sorprendernos-, los salarios femeninos solían ser inferiores a los masculinos y las más desfavorecidas eran las obreras que trabajaban en su domicilio. De ahí la participación de las mujeres en todos los movimientos revolucionarios que agitaron el «popolo minuto» de las ciudades medievales. No debemos olvidar que una nueva incorporación de la mujer al trabajo se realizó al principio de la era industrial -finales del siglo XVIII -y se efectuó sobre bases casi iguales: minas o industria textil, y salarios inferiores a los que cobraban los varones. El proceso siguiente a la fase de la incorporación femenina al mundo laboral presenta, tanto en el caso del final de la época medieval como en el de la segunda fase de la industrialización, unos rasgos muy similares. En 1461 en Inglaterra, se denunció el trabajo femenino como la causa de la falta de trabajo para el hombre. Poco a poco las diversas legislaciones europeas prohibieron el empleo de las mujeres en los oficios y éstas fueron paulatinamente sustituidas por varones en las artes que desempeñaban. Hacia 1600, la mujer habla desaparecido practicamente de la vida profesional. El siglo XVI marca así, una vez más, una regresión en lo que hoy día se suele llamar la liberación de la mujer. Este «renacimiento» mercantilista, que antecede a la era capitalista, singnifica la muerte de la mujer como entidad económica activa dentro de la sociedad. Y el «siglo de oro» la encontrará encerrada en casa, dedicada a la educación de sus hijos pequeños, a la cocina y a los cuidados destinados a un hombre, su hombre, el marido.



Clausura, matrimonio, prostitución


A nivel de la vida pública no es preciso mencionar la parte activa que tomaron mujeres como María de Molina en España o Blanca de Castilla, madre del rey San Luis, en Francia.

Si la participación a la vida activa y política fue generalmente vetada a la muier -y esto no es para extrañarnos: la mujerr, hoy día, en numerosos países «evolucionados» no tiene posibilidad de intervención en la vida pública, y menos aún si está casada- se advierten sin embargo varios casos en los cuales las «burguesas», participan en la asamblea comunal con los «burgueses» o elegían diputados para las asambleas generales. En las cofradías y en los gremios ocurrió incluso que se designara por elección a una mujer como dirigente.

La desaparición de la población femenina de la vida cívica empieza, al par que su desaparición en el dominio cultural y profesional, en los últimos siglos de la Edad Media, En 1431 se acusó y se quemó públicamente a una mujer por haberse atrevido a llevar un atuendo masculino y actuar como un varón: se llamaba Juana de Arco.

En cuanto a lo que pudiéramos llamar la «realidad personal» de la mujer medieval, ésta difería poco, en muchos aspectos, de la realidad personal de una mujer contemporánea nuestra. En ambos casos, el campo de elección de la mujer -haya estudiado o no, ejerza una actividad fuera o dentro de casa y tenga o no acceso a la vida cívica- es muy reducido: el matrimonio, el convento... o la prostitución, En esto, se ha adoptado el esquema tradicional de nuestra civilización, reforzado por la «teoría oficial» de la Iglesia Católica: tomando como punto de partida que la mujer es naturalmente y por esencia un ser malo y pecador, para salir de este postulado se le ofrece la imagen de María, con sus dos facetas: la de virgen (el convento} y la de madre (el matrimonio).

No vamos a hablar aquí detalladamente de la vida monástica femenina en la Edad Media. sino para subrayar que la clausura total, que es típica de los siglos XVI y XVII y que subsiste en el nuestro, no consiguió imponerse hasta finalizado el siglo XV, a pesar de los repetidos esfuerzos de la jerarquía eclesiástica.

El matrimonio, por su parte, sea legal o ilegal -el matrimonio «de hecho» o concubinato será una de las constantes del Medievo, socialmente aceptado por una humanidad cuyo sistema de valores escapa todavía a la acción moralizadora de la ideología dominant-- no ofrece características particulares: las mujeres se casan jóvenes con hombres que les llevan diez o quince años; el número de niños nacidos puede ser elevado pero la mortalidad infantil es un factor de regulación del aumento de la población; en fin, en lo que suele llamar ahora «la tercera edad», se encuentran más viudas que viudos, tanto por la diferencia inicial de edad en el tiempo de las bodas como por la mayor resistencia física de la mujer en épocas de hambre o de epidemias. Conviene indicar también que a lo largo de una vida, tanto masculina como femenina, los matrimonios podían sucederse, legales, ilegales o alternados: dos o tres fueron caso corriente.

La prostitución es anterior por supuesto al Medievo. Las prostitutas encontraron su lugar en esa sociedad medieval que no excluyó a nada ni a nadie de su seno y abarcó sin hacer distinciones tanto a los locos como a los no-locos, a los niños como a los adultos, a los enfermos como a los sanos y a los cristianos ortodoxos como a los heréticos.

La intolerancia que lleva a quemar a Las brujas y a los heterodoxos, a encerrar a los enfermos, a los locos, a los niños o a las prostitutas, a no dejar coexistir el Orden con el Desorden y la Razón con la Locura (1. El concepto es de Michel Foucault en su Historia de la Locura.), esa intolerancia es la marca característica de la sociedad «moderna», la que se inicia en el siglo XVI para desembocar en nuestra sociedad contemporánea.

La prostitución medieval se encuentra en calles o casas especializadas, en albergues y tabernas, y también alrededor de los baños. En la Edad Media, habían sobrevivido los baños, heredados de las termas romanas y de los baños árabes, y cada ciudad tenía uno o más establecimientos con agua fría, caliente y de vapor; y el hecho de que esos baños fueran mixtos y que los clientes de ambos sexos solieran bañarse desnudos, hizo que poco a poco la jerarquía eclesiástica consiguiera prohibir su uso y hasta su existencia. Una vez más, «progresión» en el dominio intelectual, pero regresión material e higiénica real: los contemporáneos del siglo XVI ya no se lavarán, sustituirán el uso del agua y del jabón por el de los perfumes, destinados a ocultar otros olores...



«El amor cortés»

Llegados a este punto, cabe plantear el problema del «anti-femenino», que conseguirá acabar con esa muy relativa igualdad de la mujer con el varón. A una sociedad que acepta o «tolera» la presencia de la mujer en la mayoría de los sectores de la vida social, cultural e, incluso, política, sucederá una sociedad de varones y para varones, ya no una verdadera «sociedad» sino un «club for men only».

Esta «revolución» -tomada la palabra «revolución» en su sentido de cambio total, sin darle una connotación peyorativa o admirativa- este gran giro en el pensamiento civilizado occidental se sitúa alrededor del siglo XIV. Viene preparado ya desde el anterior, principalmente por la filosofía misógina de Santo Tomás de Aquino que proporciona una «demostración» lógica, en el terreno ideológico, de la inferioridad de la mujer. Pero algo mucho más grave que la ideología tomista -mucho más grave por el alcance y el éxito que obtuvo- iba a originar una visión radicalmente destructora del ser femenino: el movimiento cultural que propugnó «el amor cortés». Así, se llega a oponer la poesía de los trovadores meridionales -basada en el amor, generalmente sin esperanza ni posibilidad de realización efectiva, del poeta hacia su dama- a la «rudeza» y «brutalidad» de las costumbres que reinaban entonces, por lo que el «amor cortés», en esta perspectiva, representaría a la vez un paso adelante en el camino de la civilización y una promoción de la mujer, desde entonces «señora» y «dueña» del corazón de su amante.

Que este movimiento literario signifique un refinamiento hacia costumbres más «civilizadas» es indudable. Es dudoso, sin embargo, que significase una promoción para la mujer. Porque, en toda la literatura cortés, la mujer aparece como el «ser amado» al cual rinde su homenaje el amante; «ser amado» -y no «ser que ama»- que se convierte en un ser pasivo, casi inexistente, objeto del amor del poeta. Un objeto bello, hermoso, dotado de todas las cualidades, hasta la de hacer sufrir al amante, pero objeto al fin y al cabo. A la mujer se la glorifica, se la deifica, se la compara a una flor, a una diosa o a la Virgen María; en resumen, se la coloca en un pedestal: ha dejado de existir como sujeto activo, para convertirse en el objeto pasivo del amor, del odio o de la indiferencia masculina.

Al varón le bastan sus propios versos, sus deseos o sus quejas, ya no necesita respuesta: él se ha transformado en el único sujeto, en el único ser activo, y la mujer será su creación personal como objeto de su pensamiento. Dentro de este panorama, un tercer factor contribuirá al cambio de mentalidades, un factor socioeconómico: el «aburguesamiento» general de la mente colectiva, que tiende -como constante de su ideología- a reduccir a la mujer a su papel de madre y ama de casa. Está comprobado ya que el «espíritu burgués» ensalza la Naturaleza y rebaja a la mujer (ver el pensamiento de J. J. Rousseau). En esta línea apareció, al final del siglo XIII, la «Novela de la Rosa», en cuya segunda parte el autor, bajo una exaltación de la Naturaleza, desarrolla largamente el tema de la perfidia, de la innob!eza y de la corrupción del ser femenino, comparándolo -¡qué originalidad!- con la serpiente.

El movimiento antifemenino inició así su carrera, que no decreció nunca desde entonces hasta nuestros días. Hacia 1400 se dejó oír la primera voz femenina de protesta, la de la poetisa Cristina de Pisan. Pero no pudo detener la marejada que se extendía por Europa y excluía poco a poco a las mujeres, tanto aI acceso a la cultura como de la actividad social o cívica, El antifeminismo del final de la Edad Media, originado por la filosofía oficial de la Iglesia, un movimiento literario y la aparición del fenómeno burgués, desembocó así en el llamado período del Renacimiento. Mundo oscuro y cerrado en muchos aspectos, y particularmente en todo lo que toca a la mujer, el renacimiento consagra el triunfo de un ideal masculino heredado de la Antigüedad y el triunfo de la moral religiosa que se desarrolla tanto al amparo de las teorías de Lutero o de Calvino como al de la Contrarreforma católica. Epoca de intolerancia, de guerras de religión, de «encerramiento» de todos los que no son «conformes», marca el triunfo de la reclusión de la mujer -en el convento, en su casa o en la cárcel-, el invento del «corsé» que impide todo movimiento libre,y el principio de la represión sexual.

La opresión de la mujer, en estas condiciones, ¿de qué es fruto?, ¿de un Medievo apodado de «bárbaro» o de una época moderna que se inicia con el auge del arte y del intelectualismo y desemboca en el triunfo de la ciencia... y del armamentismo?



http://www.vallenajerilla.com/berceo/florilegio/rucquoi/mujermedieval.htm

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  • La mujer en la baja edad media

    http://www.ulpgc.es/hege/almacen/download/16/16613/mujerbaj.htm

    Cuerpos mejorables edad media

    http://revistas.ucm.es/edu/11302496/articulos/RCED0000220015A.PDF

    martes, 5 de abril de 2011

    Medieval

    Entre los años 476 y 1492 se abre un largo espacio de tiempo, la Edad Media, en que las actividades deportivas experimentarán un gran declive. La consolidación del cristianismo en los últimos siglos del Imperio Romano, significó un cambio muy importante en la práctica deportiva. Teodosio pone fin a las actividades físicas, heredadas de Grecia, las Olimpiadas. Con la desaparición del Imperio Romano, los diferentes pueblos germánicos se asientan en Europa Occidental. La cultura romana se va degradando cada vez más. Durante la Edad Media desaparecieron casi por completo los deportes atléticos y se retornó a los entrenamientos físicos para la guerra -deportes de combate, como las justas y los torneos-, y a la práctica de la caza. Es un momento de crisis para la educación física. 
    En la Edad Media, el cristianismo se había impuesto en la sociedad europea; los hombres estaban sometidos a la fuerte autoridad de una iglesia que condenaba la vida terrenal y predicaba la necesidad de buscarsolamente la salud del alma.
    La jerarquía eclesiástica el igual que los reyes publicaron muchas veces decretos que prohibían los juegos 
    y los deportes. Se produjo un menosprecio de la práctica físico deportiva.
    Estas prohibiciones fueron inspiradas por el deseo de que los fieles, los clérigos o las personas en general consagraran a trabajos de utilidad práctica el tiempo que inútilmente malgastaban en los juegos.
    Pese a todo, en el mundo Medieval se desarrollarían algunas actividades.
    Los Juegos eran un elemento primordial en la vida social. La mayoría de las veces constituían, sin ninguna duda, la ocasión para reafirmar los valores establecidos.
    La actividad deportiva más destacada de la época fue el desarrollo de
     los torneos y justas y la educación física recibida por una élite formada por los caballeros. Actividades deportivas de marcado carácter aristocrático.

    También el pueblo llano realizaba actividades deportivas: tiro con arco, juegos de pelota (la "soule", "la palma"...), lucha, danza... 
    El deporte medieval, exclusivo de la clase noble y de los caballeros, tiene como objetivo prioritario la preparación para la guerra y ésta, durante toda la Edad Media, se desarrolla básicamente como una cruzada religiosa contra los infieles. Es un deporte eminentemente utilitario donde los caballeros a través del entrenamiento que reciben en los torneos y justas están constantemente preparados para defender el mundo que representan. En España, los caballeros cristianos luchan en nombre de Cristo y el apóstol Santiago, y los caballeros árabes en favor de Alá.El caballero, para su consagración como tal, deberá pasar por todo un ritual que se inicia en la infancia y culmina a los veinte años con una ceremonia donde se le entregan las armas. Conforme pasan los siglos, el ideal caballeresco se ritualiza aún más y el aspirante se prepara con ayunos, oraciones y penitencia. El señor del cual es vasallo le arma caballero en el "nombre de Dios, de san Miguel, de san Jorge y de Santiago".
    La ley eclesiástica prohibió reiteradamente los juegos caballerescos. Inocencio II, en el Concilio de Clermont, se pronunció enérgicamente contra “esos detestables mercados y ferias vulgarmente llamados torneos, en los cuales los caballeros solían reunirse para demostrar su fuerza y su audacia temerarias”, prohibiéndolos y negando sepultura en tierra santa a los que muriesen a consecuencia de su práctica. Alejandro III, en 1179, en el concilio de Letrán, protestaba contra estas fiestas detestables, donde los caballeros hacían ostentación desu fuerza, arriesgándose a la muerte y al fuego del infierno. Las razones que aducía la Iglesia para estas prohibiciones hacían referencia tanto al hecho de que el caballero pusiese en peligro su cuerpo como a que también peligraba su alma. Sin embargo las prohibiciones llegaron demasiado tarde, la costumbre de estos juegos se encontraba ya muy extendida, los caballeros veían en los torneos uno de los momentos más interesantes de su existencia. La Iglesia mantuvo su postura condenatoria durante casi doscientos años, aunque a partir de 1179 las condenas pasarán a ser más flexibles y limitadas en tiempo. La Iglesia tratará de luchar dentro de este terreno ideológico, de canalizar este ardor hacia las Cruzadas, de dirigir hacia ellas las energías militares. En la Cruzada no se combate por la gloria terrena, sino por la felicidad celestial, por el descanso del alma.La mayoría de las actividades deportivas medievales tienen una estrecha relación con todo lo religioso y se celebran casi siempre con motivo de fiestas o conmemoraciones organizadas por ellos. La Iglesia Católica controla todas las actividades y de alguna manera tiene que dar su visto bueno antes de que cualquier actividad pueda desarrollarse. Un claro ejemplo de la vinculación con la religión se aprecia en el acto de armar caballero o en la caza donde antes de partir, todos los participantes reciben la bendición de la Iglesia. Cuando Juan XXII fue consagrado Papa en Aviñón en 1316, una de sus primeras decisiones fue la de levantar la prohibición que pesaba sobre los torneos, lo que refleja la imposibilidad de una oposición sistemática de la Iglesia a un “deporte” mayoritariamente practicado por los caballeros, a lo que debemos añadir que en muchos casos, los propios eclesiásticos se encontraban más próximos, en todos los aspectos, tanto físicamente como incluso en ocasiones por pertenecer a las mismas familias, de los nobles que del Papa, y si no deseaban desobedecer a éste, tampoco querían enemistarse con la nobleza. 
    Todo el ritual caballeresco es un proceso largo que comienza a partir de los
    siete años. El niño es enviado a un castillo donde comienza su educación caballeresca de doncel y paje.
    Se le educaba en la cortesía y le instruían sobre los grandes hechos de los caballeros célebres; practicaba asimismo la equitación y esgrima. A los catorce años se transforma en escudero y recibe espada y espuela de plata.
    Acompañaba a los caballeros en viajes, cacerías y otras actividades. Ayuda a vestir la armadura en los torneos y auxiliar al caballero si se cae del caballo. A partir de los veinte años era armado caballero. Como el efebo antiguo, al recibir sus armas hacía el juramento de amar a su país, de ser valiente, fiel a la palabra dada, generoso y defensor de la justicia y el bien. Entonces tomaba parte en los torneos, en las justas y en los hechos de armas. Las justas enfrentaban a dos caballeros; las normas, que debían observarse y que disminuían los riesgos, hacían que los caballeros las prefiriesen a los torneos, verdaderas batallas que ponían frente a frente a dos tropas de caballeros organizadas por regiones o, incluso, naciones. En estos encuentros el peligro era grande y las heridas, a menudo mortales. Se cuenta de un torneo que acarreó la muerte de sesenta caballeros.
    LA CABALLERÍA
    En el momento en que tantas fuerzas se unían por frenar el crecimiento del deporte, una institución favoreció su desarrollo: fue la caballería. Es en el ideal caballeresco donde hay que buscar las raíces más profundas del espíritu deportivo.Hacia el año mil, para formar parte de la caballería, era necesario disponer en primer lugar de un caballo y de todos los arreos, de armas ofensivas y defensivas, además de haberse adiestrado en la difícil esgrima a caballo y, por último, tener el suficiente tiempo libre para poder responder a las convocatorias y participar en las expediciones militares. Un capital importante (sólo la coraza, en el siglo XI, costaba tan cara como una explotación agrícola de mediana importancia) y horas para el ocio eran necesarios. Fueron, pues, caballeros los más importantes propietarios rústicos, los que percibían las rentas de un vasto dominio, cultivado por una servidumbre bastante numerosa para que ellos no tuviesen necesidad de dirigir por sí mismos la explotación, los que eran mantenidos por un número importante de trabajadores.
    LAS LEYES DEL TORNEO
    NO SIEMPRE SE CUMPLÍAN ESTAS LEYESEn estos juegos cuyo principal objetivo era adiestrar al caballero en el lance de la guerra no se podían provocar heridas peligrosas, desgracias ni la muerte de los combatientes.
    No obstante sí que acontecía algunas veces a los que tomaban parte en estos ejercicios que, al olvidarse completamente de la índole especial de ellos y ciegos de cólera, se cebaban en los contrarios para satisfacer alguna antigua enemistad nacional o particular o tomar venganza de cualquier agravio o dar rienda suelta al odio o a la envidia o deshacerse de un molesto rival. A veces era en vano que en tal conflicto los heraldos y reyes de armas se interpusiesen entre los caballeros.
    Así a pesar de sus razones e influencia, la autoridad de los jueces y el llanto de las damas eran baldías para calmar las pasiones de que se hallaban poseídos aquellos mal aconsejados caballeros.
    ¿PARA QUÉ SE REALIZABAN LOS TORNEOS? Sin duda alguna, fue el espíritu caballeresco de la Edad Media lo que motivó la existencia de los torneos. Uno de las razones por las que se practicaba este "deporte" era por ajuste de cuentas.Otro motivo es que cuando cesaban las fatigas de la guerra por su terminación o la firma de una tregua, la nobleza para no perder ardor guerrero se ejercitaba en estos linajes de juegos militares. Se preparaban a la suerte de futuras guerras, desarrollaban entre otras cosas reflejos y fuerza muscular.
    Los primeros torneos eran peleas a pie que tenían como objetivo capturar al oponente para pedir rescate. Los últimos combates fueron enfrentamientos cuerpo a cuerpo más ceremoniales con armas específicas como la espada o el hacha de guerra.
    Otro de los objetivos era la celebración de los llamados"juicios de Dios" permitían al acusador y al acusado pelear para averiguar quién tenía razón. Los perdedores supervivientes eran acusados de mentir. Las mujeres y los ancianos podían elegir a caballeros que lucharan por ellos, los paladines. Se creía que Dios daba la victoria a quien decía la verdad.
    EL ESCENARIO El sitio en donde se celebraban los torneos eran por lo general una plaza pública, un espacioso circuito o tela magnífica y a su alrededor se colocaban dos órdenes de barreras desplegando con gran lujo de detalles adornos, tapices, banderas, gallardetes, escudos de armas, etc.
    Por otra parte, como la sociedad era estamental se construían varios tablados suntuosos para las personas reales, nobleza, jueces de campo y de paz y caballeros con experiencia en dicho torneos, reyes de armas,, músicos, etc. El pueblo llano ocupaba un lugar especial. 

    LOS TORNEOS Y EL AMOR CORTÉS Con el tiempo cuantas solemnidades públicas, profanas o eclesiásticas tenían las naciones otras tantas daban ocasión a la nobleza de la Edad Media a demostrar su valor en esta clase de juegos.
    Daba igual que la solemnidad fuera por natalicios, matrimonios, coronaciones de reyes, firma de tratados o confirmación de una liga política entre reyes o alianzas, conquistas, paces, treguas, recibimiento de reyes, príncipes, embajadores y personajes de alta estima. En todos ellos se celebraban con justas y torneos.
    Se desarrollaba cada vez más la afición por estos guerreros pasatiempos creciendo el número de participantes. Hubo torneos en que se presentaron quince, treinta, cincuenta y cien caballeros de un bando contra igual número del opuesto fundamentalmente por espíritu de galantería y las ideas caballerescas de la Edad Media.Ninguno había que no consagrase su pensamiento y sus triunfos a una dama y algunos se presentaban a los torneos tras la señora de sus pensamientos.
    TORNEOS Y JUSTAS: FAMA Y NEGOCIO Los torneos y las justas se hicieron más y más populares, ganando en espectacularidad. Se convirtieron en lucrativos negocios, porque se empezó a cobrar entrada, y el espectáculo incluía otras competiciones, como la lucha libre, el tiro con arco o ballesta, o incluso el tiro con honda. La celebración de estos ejercicios fue continua durante toda la Edad Media. Si en un principio la finalidad de estos combates era puramente gimnástica, pronto se darían cuenta de queservían para ganar honra y fama. Además a los ganadores les suponía un interesante incremento de ingresos, ya que, aparte del premio en sí, la costumbre era que el caballo y las armas del derrotado pasaran a ser posesión del ganador. En la Edad Media prevalecían las ideas caballerescas sobre otro tipo de circunstancias, es decir se cumplía el lema siguiente: Dios, mi rey y mi dama
    Los torneos eran a la vez muestra del espíritu caballeresco y ejercicios o juegos militares en tiempos de paz.

    LA CAZA En los bosques había animales salvajes y peligrosos, como el lobo y el oso. Los habitantes de los pueblos medievales se alimentaban de la caza. Si los reyes reservaban el noble ciervo como objeto de la caza y para aprovisionar su mesa, había otros animales y aves que caían víctimas de las flechas y celadas de hombres más humildes. Gradualmente, aquellas reservas que parecían inagotables comenzaron a evidenciar signos de empobrecimiento y hubo que hacer esfuerzos para reorganizar la economía, criar animales cuya carne estaba destinada al consumo, utilizar piedra en lugar de madera y valorar la caza situándola fuera del alcance de la gente común. Así fue cómo la caza fue ocupando un lugar distinguido y cómo se convirtió en un deporte reservado a aquellos que observaban sus rituales y un nuevo tipo de relación entre los hombres y las bestias.En todo tiempo ha sido la caza actividad del hombre, ante la necesidad de defenderse de algunos animales y la de alimentarse.En la Edad Media se generalizó la caza con el empleo de perros, caballos y el halcón, que se puso de moda. En el siglo XII se organizó la caza, estableciendo como privativo de los nobles el derecho de cazar. La caza era la manera de mantener en forma tanto al caballo como al jinete y estar así dispuestos para la acción militar. Aparecen los primeros tratados cinegéticos. Se escriben los primeros estudios de veterinaria, cría y selección de animales. Por el contrario, la pesca con caña no era considerada como una práctica noble o interesante y sólo las clases humildes la realizaban para subsistir.LA CETRERÍA
    El origen de la cetrería, como sistema de caza tomando como auxiliares a las aves rapaces ( halcones), no se usó en la prehistoria dado que la abundancia de caza la hizo innecesaria. Se piensa que nació como recurso en zonas desérticas y según autores clásicos como Aristóteles o Plinio es probable que el inicio de su práctica fuese en las estepas de Asia Central, y de allí pasara a Europa por el norte a través de los germanos y por el sur por influencia de los árabes. El uso del reclamo, es decir el ave que se amaestra para atraer y cazar otras aves, tanto en la España musulmana, como en la España cristiana, se convierte en poco tiempo en uno de los deportes favoritos de la nobleza feudal.
    EL PUEBLO LLANO TAMBIÉN PRACTICA DEPORTE

    También el pueblo llano practicó los deportes de pelota (el juego de la Palma, la Soule), la Lucha y los juegos de Tabladas y determinados lanzamientos que recordaban, sutilmente, el esplendor de los tiempos helénicos. Una especie de lanzamiento de martillo que practicaban las tribus nórdicas y una modalidad de lanzamiento de peso, son algunas de las actividades deportivas que tenía permitida la plebe, junto con unos concursos de corte de troncos, arrastre de piedras, soga-tira y otras modalidades deportivo-rurales, practicadas de forma esporádica. No obstante, y pese a que se tienen pocas noticias deportivas de la época, sí podemos hablar de unas carreras de patinaje sobre hielo -primero sobre patines de hueso y luego con cuchillas-, entre los escandinavos, y de distintas modalidades del juego de pelota, ya fuera a mano, con raqueta o con palas de diferentes pesos y formas. Los jugadores lanzaban la pelota contra la pared o se enfrentaban emulando el tenis actual Se practicaba al aire libre, en las plazas y en las calles, y la afición caló de tal manera que se extendió por todas las capas sociales Recordemos que Luis X de Francia murió, en 1316, por beber agua fría en el descanso de un partido de pelota.
    La "soule" puede ser considerada como predecesora del rugby y del fútbol

    LOS ESPECTADORES
    Es en el siglo XII cuando empieza a haber evidencia de espectadores. Incluso se realizaban ambientaciones literarias para dar más espectacularidad al deporte.
    Un público que aparece representado mostrando sus emociones frente al desarrollo del combate pero que no contaría con la presencia de las damas hasta mediados del siglo XII,
    (…) Esta presencia jugará, además, un Importantísimo papel dentro de otra esfera, ya que en esos Juegos se experimentaba también la seducción del amor romántico.
    La planificación de estos juegos y el ambiente de expectación y de apasionamiento durante el desarrollo del mismo eran muy grandes.
    Estos juegos servían para reforzar la solidaridad y la personalidad de la comunidad. En los tumultuosos partidos de pelota de la época, público y jugadores tenían idénticos intereses locales y sociales. No existía relación ni juegos comunes entre estamentos sociales diferentes.
    Las actividades “físico-deportivas” de este tipo contribuirán a la exaltación de las particularidades sociales y culturales.
    LOS DEPORTES Y LA UNIVERSIDAD Desde un comienzo, las actividades físicas y los estudios universitarios estuvieron enfrentados de manera irreconciliable. En las primeras universidades medievales, los ejercicios físicos estaban excluidos. Los profesores, incluso los estudiantes, consideraban a la caza, las justas y torneos, como actividades indecentes. Hasta la danza no tenía ningún prestigio; los juegos de pelotas o palos se los consideraba en el ámbito universitario como insolentes. Se consideraba “estudiante perfecto” a aquel que tuviera rechazo por toda actividad física, recreativa o que produjese diversión. Sin embargo tenían el atractivo de lo prohibido.El deporte fue un elemento importante en la vida del medievo, una forma cultural propia que se manifestó en las muchas canciones de los juglares que narran incidencias de estas actividades y enaltecen a los héroes de las mismas.
      



      

    Fuentes: